El Niagara en Bicicleta… Una leve decepción

Con una canción totalmente cliché de fondo, que genera inspiración en muchos, y en mí, se verá después si tiene ese mismo efecto, comienzo a escribir hoy, noche del 31 de marzo del 2024, sentado en un hotel de un pueblo famoso que han podido inferir.

Y es que a pesar de estar adonde estoy, y ver las cataratas más reconocibles y reconocidas, posiblemente de todo el mundo, no me fue fácil tener ideas claras, por más esfuerzo que hice.

Empiezo diciendo esto: a algunos nos tomará una vida entera, ver lo que otros logran ver con un instante ínfimo. Ese instante que a veces se transforma en plenitud, y que se va diluyendo con el tiempo, se siente tanto, que solo los que lo hemos tenido, entenderán de lo que hablo.

Sería una delicia que ese ese instante pleno se mantenga por siempre ¡Utopía total, lo sé! Y es que a pesar de haber tenido muchas plenitudes momentáneas, diluidas y solubles, esperaba hoy acumular una más al ver las Cataratas del Niagara, como otras veces me lo ha regalado otros lugares, pero con honestidad lo digo, no me lo generaron.

Las vi de arriba, de abajo, de frente y de atrás. Me empaparon con su neblina, me enfriaron el cuerpo y me congelaron las manos. Me hicieron de todo un poco y después de meditarlo por más de media hora sin quitarles la mirada en horas de la tarde y acompañadas por un solcito calentón que se unía con el agua revolcada para regalarme un arcoíris diferente, nunca me llegó ese choque frontal con una emoción desequilibrante.

No hay decepción cuando las expectativas son inexistentes”. Lo entrecomillo porque esa frase ya debe haber sido utilizada por alguien antes que yo, y todos los otros, desde el instante en que se dijo por primera vez, la aceptamos como verdad universal.

Si llego a declarar que no tenía expectativas, mi texto pierde veracidad. Confieso que mis expectativas, eran muy altas. ¡Quería ese momento y juré que, al verlas, desde algún ángulo, del que fuera, lo iba a obtener! Quería escribir con la emoción al tope, con las palabras fluyendo naturalmente, con exaltación, vibración e inspiración…

No es culpa de las cataratas. Puede que sea culpa mía. Aunque tampoco lo vea como un argumento definitivo. Y pensando más a fondo, puedo encontrar razones posibles… puede que tenga que ver con los precios exorbitantes y degenerados que encontré en el lugar (US$ 25 por un plato de Deny’s o US$ 18 por un sub de Subway), o la vibra comercial y de consumo excesivo que lo rodea, o el ambiente cargado de gente. Puede que simplemente, no es un lugar que culturalmente se alinee conmigo, malacostumbrado a impresionarme con relativa facilidad de la perfección natural de mi propio país.

A pesar de todo, y como aclaración necesaria para los que si han sentido esa conexión en este lugar, y con la idea de no ser contradictorio en mis palabras, las Cataratas del Niagara si son bastante impresionantes, y a pesar de que no creo volver, me gusto ponerle un check a un lugar que había marcado como destino fijo en mi vida, y poder firmar de puño y letra y con la evidencia misma que me brindan mis sentidos, que la metáfora de Juan Luis tiene sentido: debe ser muy duro y naturalmente imposible, pasar el Niágara en bicicleta.