Esta es una carta traspapelada y bien escondida, fue escrita por mí hace algunos años. La encontré hace poco entre archivos y documentos en una vieja tablet que me acompañó en un viaje por Suramérica. Ese viaje, me regaló los paisajes más surrealistas que he visto e recuerdos que no se olvidarán.
Tres países desconocidos. Ruinas indígenas. Sierra andina. Caminatas extensas. Desiertos calientes. El espejo más grande. Historias escondidas escarbadas hasta ser encontradas. Mi bella madre. Gente que ya no existe y otros, que a pesar de la distancia, siguen estando.
Mi intención es recordar lo más que pueda mis experiencias de aquel viaje, y consolidarlos en una serie de publicaciones: «Recuerdos Andinos». Esta, será la primera de algunas.
Les comparto lo que escribía un Andrés más joven, hace casi cinco años, justo antes de que la pandemia invadiera nuestro continente.

5 de enero, 2020
Paso Fronterizo Hito Cajón,
Frontera Chile/Bolivia,
Hola,
Mientras quienes me acompañan hacen la fila para cruzar la frontera, estoy sentado en una de las pocas piedras que están libres de nieve. ¡Cuanta locura! A unos cuantos kilómetros del desierto más seco del mundo, ayer por la noche, nevó. Y sino fuera por la nieve, haría mucho más sentido la palabra desierto, además de la casa que sirve de control fronterizo, y un bus abandonado a las faldas del volcán, y algunos otros dejando turistas y locales para que crucen a Bolivia, aquí en donde me encuentro, no hay nada más.

En San Pedro de Atacama, me contó un taxista, que hacía más de dos años que no llovía. Eterna sequía en la que viven. Y entonces, como si no hubiese visto suficiente en este lugar, las nubes cubrieron el sol, y yo acostumbrado a estar en Coronado me dije: “va a llover”.
No llovió. Durante la noche, no se escuchó ninguna gota. La sorpresa fue ver todo de blanco hoy por la mañana, apenas emprendiendo el viaje hacia la frontera, en la que me encuentro en este momento.

Hace unos minutos se me aceró Luis Fernando. Un boliviano de 22 años. Conductor de oficio. Descubrir estas latitudes, para él, es pura necesidad. Maneja el Toyota Land Cruiser que me llevará a través del altiplano boliviano por tres días, hasta llegar a Uyuni.
Me cachó con la mirada fija en el volcán cubierto de nieve que se ve desde este lugar, y me soltó la pregunta: “¿querés escuchar una historia?”
Asentí. Se sentó en la piedra contigua a la mía. Abajo están las palabras de Luis Fernando, transcritas según yo, con una integridad casi que total.
Para los indígenas atacameños, los volcanes y las montañas tenían el poder de moverse y de querer. El volcán Licancabur, yacía junto a su hermano, el volcán Juriques. A la par de ambos, la montaña Kimal, a la que ambos pretendían.
La montaña escogió al volcán más alto, el gran Licancabur. Después, la vida; esa vida que tiene tantas curvas, ideas, locuras y personas y tantos otros volcanes, cambia. Se desbalancea. Se desequilibra. Eso amigo, le pasó a la montaña Kimal. Esa que después de estar con el Licancabur, prefirió estar con su hermano.
El Licancabur se enojó mucho cuando esto pasó. No solo con Kimal, sino también con su hermano y con su poder, los hizo pagar.
Desterró a la montaña de tierras atacameñas, a más de 100 km de distancia. Y a su hermano, no lo perdonó. Su cabeza fue cortada de forma grotesca. La sangre, fluyó y fluyó, por tanto tiempo y en tanta cantidad que llenó la gran Laguna Colorada. Kimal, adormecida por el miedo a Licancabur, aceptó su nuevo destino.
Pero la venganza no hace alcanzar el olvido, y es así como Kimal y Licancabur guardan un secreto. Una cicatriz que no desaparece. Esta cicatriz, se expresa de manera diferente, y se evidencia una vez al año.
Al siguiente amanecer del solsticio de invierno, la sombra del volcán Licancabur se proyecta de forma perfecta sobre la montaña Kimal, y la pareja de amantes perdidos, se vuelve a encontrar.
Terminó Luis Fernando señalando la dirección en la que se encontraba Kimal.
Es interesante que Fernando quisiera buscarme para contarme la leyenda. Él es, como la mayoría de las personas por aquí, callado, inclusive de forma incomoda. Le sonreí y le agradecí. Las versiones no oficiales y fantasiosas de las historias, me son más interesantes.
Pensando un poco en la patriarcal leyenda, inventada posiblemente después de la conquista, y que guarda ese común denominador con la mayoría de historias de este tipo, observo las laderas nevadas del Licancabur y la curiosa cabeza cortada de su hermano, un volcán sin cono. Me surge también una pregunta: ¿adónde estará esa montaña que decidió ser libre y elegir? Me gustaría conocerla y desde aquí, no puedo.
Me despido a punto de entrar a Bolivia, emocionado por lo que voy a encontrar del otro lado,
Atentamente,
Andrés




