Todos somos, solamente un momento pasajero en la totalidad del tiempo. Algo, que, tristemente, nadie va a recordar. Y a pesar los registros demográficos detallados que indicarán nuestra vida y muerte y algunos datos básicos de quienes fuimos, en algún punto, tarde o temprano, la esencia nuestra, eso que nos hace verdaderamente recordables, estará tan diluida e inexistente, que ya no seremos ni personas, ni parejas, ni amigos. Solo esos datos pudriéndose en los servidores que nadie va a consultar.
El consuelo que tenemos hoy, es que sí somos más que eso, somos almas únicas entre miles de millones, con dudas permanentes y plenitud de emociones, amores por siempre perdidos y a veces encontrados.
Es por esto, por ser una historia que una vez terminada y luego de transcurrido algún tiempo nadie va a recordar, que hoy me importa poco todo y lo único que quiero hacer en esta noche fría, es escribir, abierta y sinceramente, para contar historias.
Historias que alguien alguna vez me contó en su afán de ser recordado. Historias, que me guardé en algún lado de la cabeza y el corazón y que la única relación que tienen entre sí es que me fueron compartidas en la misma ciudad, en un espacio de tiempo muy corto. Historias simples de gente común.
Hoy comparto algo real, sincero, con un toque mínimo de ficción. Trillados cuentos de bar. Cuentos y anécdotas que serán historias de nadie, en algún momento como la de Amanda y Manuel (https://www.youtube.com/watch?v=A4Tzir7_2tU).
Para los que están esperando algo espectacular, esto puede ser desalentador, o no. Advierto que es del tipo de cuento que empieza con “un amigo me contó que una vez alguien…”. Y en este caso, peor aún, ni siquiera son amigos los que me contaron, y los hechos, no son del todo comprobables. Lo comparto igual.

Munich, 2024.
La primera…
El trabajo fue el culpable de que, en el verano europeo pasado, tuviera que gastar unas largas 36 horas en Munich. Cansado, llegando en un vuelo desde Paris, pasada la media noche, mi cabeza sugería la necesidad de probar una cerveza alemana. Siempre hay una buena excusa.
Se lo propuse a mis compañeros de trabajo. Hombres y mujeres bastante mayores que yo. Todos con muchos más kilómetros viajados y familias esperándolos en casa. Ninguno aceptó.
Entré en mi habitación, hice una llamada rápida y salí para buscar el bar. Lo había visto de largo al entrar al hotel. Me senté en la barra, solo. En la edad en la que estoy, este ritual es a veces necesario y se pasa mejor que acompañado. Aunque este día, no sería así. Ordené una blonde de medio litro. No la pagué yo. La pagó la empresa. La siguiente, me tocaba a mí.
Cuando estaba por pedir la segunda, vi una cara recientemente conocida, un hombre delgado de estatura media, pelo canoso y anteojos grandes. Estaba entrando al bar. Como si supiera exactamente donde llegar, Richard se sentó en la barra, en el banco que estaba a la par mía. –“Hey mate, I couldn’t sleep, so I took your offer”-me dijo en un inglés muy inglés. Como dije, siempre hay una buena excusa.
Este señor, crecido en Liverpool. Calzado en un buen estereotipo de lo que yo esperaría de una persona de esa ciudad, me contó que le gusta el futbol, que es aficionado al Everton, que conoce a Oviedo Baby y que recuerda aquel gol que le hizo al Manchester United para romper la racha de no sé cuántos años que tenían su equipo sin ganar en Old Trafford.

También, como era claro, disfruta de una buena cerveza de vez en cuando, le gusta más la IPA y la única diferencia con hoy, es que quien lo acompaña generalmente es su esposa, en un pub del barrio en el que viven juntos en Runcorn, Gran Bretaña, donde ha trabajado un largo rato de su vida.
Una vida que está preparando para el retiro, ya merecido y anhelado en España o en un país con mejor clima que donde vive. ¿Costa Rica tal vez? Hoy a sus 65 años, está muy cerca de alcanzarlo.
Me preguntó de todo. Me preguntó de mí. De mi carrera. De mi trabajo. De mis amores más profundos. De Amy. De mi madre. De mi abuela. De otros tantos que no puedo o debo mencionar. Me preguntó de Saprissa y de Barcelona, de mis viajes y mis libros favoritos. Algo le conté.
Él también, me contó todo lo que quiso contarme de su parte, y sentí que esa cerveza había valido la pena. Mientras hablábamos y en un momento dado, como debía pasar con alguien de esa ciudad, le pregunté por Los Beatles. Cuando nos preguntaron si queríamos un sarpe, los dos asentimos, y Rick empezó a contarme algo parecido a esto:
«Soy de una familia grande. Mi mamá tuvo muchos hijos. Somos ocho en total y yo, el menor de todos. Crecimos en el sur de Liverpool, en Woolton y las coincidencias de la vida son a veces son muy grandes. Una de las mejores amigas de mi madre era una enfermera de profesión, de nombre Mimi. Se conocieron cuando ella se mudó a la casa de junto. Habían llegado ahí después de que se casó con su marido, que aceptó por ultimátum, y así, compraron la casa de al lado a la nuestra, luego de que esta fue semi destruida por la guerra, a mediados de los años 40.
En una noche de un mes de abril, entrada la post guerra en la década de los 50, mi madre mandó a llamar con mi hermana a Mimi. Había una emergencia en casa. Estaba dando a luz a su tercera hija, de nombre Harriet, mi otra hermana. No había suficiente tiempo para ir al hospital, y así fue como Mimi, se hizo cargo del parto y ayudó a mi madre, a traer a Harriet al mundo.
Harriet es esa persona de la familia, que tiene una historia interesante, no solo porque es física retirada de profesión, sino porque como lo contaba mi mamá, ella fue el parto más complicado y doloroso que tuvo y la única de todos nosotros, que fue traída al mundo por Mimi Smith.
Mimi Smith enfermera de profesión, esposa y tía. Tía de un sobrino que le fue entregado para su custodia por su hermana que no pudo o no quiso criarlo. Ese sobrino de nombre John, asesinado en Nueva York el 8 de diciembre de 1980 y cuyo padre, más o menos ausente, soldado del ejército británico en la Segunda Guerra Mundial, se apellidaba Lennon.
Ellos, los Smith que criaban a ese John Lennon, vivían justo a la par de mi casa, una casa conocida como Mendips, ubicada en la 251 Menlove Avenue, Woolton, Liverpool.»

Me pareció increíble, extraño y alucinante. Me contó un poco más de lo que recuerda de su niñez, de como había visto un par de veces a ese John que a hoy, sigue siendo talvez, la persona más famosa de la historia de la música y como a pesar de esto, nunca había siquiera, hablado con él.
La casa ya no les pertenece, era insoportable para cualquier miembro de la familia vivir a la par del lugar donde John Lennon gastó su niñez y adolescencia. No por eso, sino por los miles de turistas que estorban por los alrededores cada año.
Cámaras y fotos, cuestiones naturales, capitalismo y consumo, pero también el aura y la esencia de esa figura mitológica y antológica, que en algún momento también, aunque no parezca, será olvidada, y que no fue más que una persona con mucho que ofrecer. La noche no dio para más, me fui a dormir, apuntando algunas cosas en una libreta que me sirvieron hoy, casi un año después para escribir esto.
La segunda…
Me desperté tarde, para variar. Llegué al lobby y todos, incluidos Richard estaban listos-“Que cliché que el latino haya sido el que llegó tarde”–dije. Se rieron. Habían estado esperándome por un par de minutos solamente. Mis disculpas por continuar reforzando el estereotipo de impuntualidad de los hispanohablantes.
La empresa estaba en Seefeld, Baviera. Un poco al sur de Munich. Max, otro de mis compañeros, se unió a nosotros ese día y nos esperaba en el parqueo. No lo conocía en persona, pero había hablado con él por llamada, un par de veces. Ese día me habló en español y me sorprendí. Me dijo que era suizo, alemán y argentino. “Es una Argentina la que me enseñó a hablar”.
Entramos. Después de los saludos de rigor, alguien dijo “This is Germany, my friends”. En Alemania es básicamente ilegal trabajar más de 8 horas. Además, ese día jugaba Alemania en la Eurocopa a las 6 pm. –“We will leave at 4 pm”- dijo el plant manager riendo pero con una seguridad completa y total.
Max se acercó y me dijo con su acento particular y en un susurro- “Tiene razón. Hoy juega Alemania. ¿Venís a ver el partido al centro conmigo? Juega Suiza hoy también y creo que a vos te gusta el futbol ¿no?”.
A eso de las 4:30 pm estábamos en el tren con todos los demás. Solo Max y yo nos bajamos en el centro de Munich. La ciudad es linda. Aproveché para conocerla un poco, una vez terminada la prioridad del día: el futbol.
Alemania era el host de esa Eurocopa, y ese día, no solo había muchos alemanes por las calles, sino que también, al día siguiente, en el Allianz Arena, ese estadio en el que Costa Rica perdió 4 a 2 en el debut del Mundial del 2006, se jugaba un partido de la fase de grupos entre Serbia y Eslovenia.
Yo nunca había estado en un ambiente de Eurocopa o Mundial, pero para los que nos gusta el futbol, es espectacular. Gente cantando por las calles. Camisas de todos los colores, bares llenos, tan llenos que hay que ver los partidos de pie en las calles, en las aceras, en las ventanas. Donde se pueda.

Max, guía turístico y personalizado, conocedor ya de Munich, me dijo que fuéramos a Hofbräuhaus, la cervecería más vieja de la ciudad. Ahí podríamos comer algo bávaro, y tomarnos una pequeña jarra de cerveza alemana.

Hablamos un poco más de sus nacionalidades y su vida mientras caminábamos por las calles-“Vivo en Zurich”-dijo.
Su mamá, nacida en Argentina, tuvo que huir durante la dictadura militar de José Rafael Videla. Era de ideologías de izquierda, pero no Peronista. Una estudiante de la UBA, rebelde por naturaleza, otro cliché encontrado en esta historia. Si salís de la universidad pública, vas contra el sistema. Por eso, por su ideología, conoció a gente que no ha aparecido aún y nunca jamás va a aparecer. Esa regla social, impuesta cínicamente por una dictadura que determinaba que el disidente, el discrepante, el diferente, desaparece.
“¿Cuenta el desaparecido? En tanto esté como tal, es una incógnita. Si el hombre apareciera, bueno, tendrá un tratamiento x. Y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tendrá un tratamiento z. Pero mientras sea desaparecido, no puede tener ningún tratamiento especial. No está ni vivo ni muerto, es un desaparecido”-es uno de los discursos más repugnantes que he escuchado en mi vida. Y aún así, parecemos querer repetir esos populismos de antaño con estas señales recientes. (Como referencia https://www.youtube.com/watch?v=PbK85XGa7EE)

Ya en Suiza, la mujer conoció a su esposo, el papá de Max. Exiliado por herencia, nacido en un país distinto al de su padre, quien, perseguido por sus orígenes judíos durante el movimiento nacionalsocialista alemán, tomó la misma decisión que tomaría muchos años después su futura nuera. ¡Largarse!
¿Qué chances tenía Max de existir? ¿Qué tan presente debe tener la importancia de la tolerancia, la empatía y la aceptación? ¿De qué habrán hablado sus papás mientras se conocían y se enamoraban? ¿Cuántas horas habrán pasado empatizando, agradeciendo, extrañando, creyendo, llorando? ¿Qué cosas ha aprendido Max que yo nunca podré aprender? Me gustó conocerlo. Se fue después del partido que Suiza empató 1 a 1 con Escocia. Desde ese día, no he hablado más con él.
La tercera…
Habíamos entrado a la cervecería, y aunque hay un traslape en la linealidad de esta historia, evidente, esto pasó antes de que Max se fuera.
El lugar estaba repleto y después de mucho buscar, conseguimos una mesa para cuatro que se estaba por desocupar. Apresuramos el paso para tomarla y así, ya sentados, ordenamos.
Mientras estábamos conversando, dos hombres adultos, llegando talvez a los 50 años, se acercaron y preguntaron si se podían sentar con nosotros. Naturalmente no querían conocernos, sino que el lugar estaba tan lleno, que no tenían donde más sentarse.
Eran eslovenos y estaban ahí para ver el partido de su selección al siguiente día. El ambiente era una locura, una cervecería con capacidad, talvez para 500 personas, completamente llena de eslovenos, serbios, alemanes. Y al menos, un tico.
Los tipos y tipas se levantaban y en sus idiomas cantaban a más no poder. Esto se repetía en toda la ciudad.
Le pregunté a Philip, el esloveno que se sentó a mí lado, si el partido tenía un poco más que solo futbol. De repente había momentos de extrema seriedad cuando cantaban los Serbios y de vuelta los Eslovenos. Talvez exagerando, creía ver miradas hirientes, y percibir silencios incómodos por momentos.
Las guerras de la antigua Yugoslavia, habían dejado una marca muy fuerte en la península balcánica. Eso creía yo. Bosnios, Croatas, Eslovenos, Montenegrinos.
–Ahora todos somos amigos– decía Fillip.
–Pero cuando cantan eso, se ponen serios ¿no?-le pregunté.
–Son cosas ya viejas, gente tonta, ahora todos somos amigos–Repitió.
Entre Eslovenia y Serbia pasó la Guerra de los Diez Días, menos sangrienta que las otras, que hasta la fecha, no se han solucionado del todo. Aún por ejemplo, sigue Kosovo sin el reconocimiento pleno internacional como estado.
“Ahora mueren en Bosnia, los que morían en Vietnam”-canta Ismael Serrano, y talvez hoy no sea en Bosnia, ni en Kosovo, ni en Serbia, pero sabemos todos que mueren en otro lado.
No insistí, pero era evidente que había frases, de esas canciones que no le gustaban a Fillip, que más que enojado, se notaba un poco nervioso.
Cambié de tema. Le pregunté si tenía familia, me contó que era padre de una mujer de 22 años y que estaba casado hacía 22. Normal, algunos nacemos de 9 meses, algunos de 8, algunos de 4, y otros, el mismo día de la boda.
Le comenté que me gustaba mucho la facilidad que tenían los europeos de moverse de un país a otro para poder ir a esos eventos.
-Yo duré apenas 5 horas manejando hoy desde Liubliana hasta aquí. “Mañana vemos el partido y nos devolvemos a casa”.
Le pregunté si había acostumbrado a ir a otras Euros, y me dijo que sí.
-Pero no solo Euros
-¡¿Ah no?! ¿Cuál es el mejor evento que has visto- pregunté.
-Estuve en las Olimpiadas de Verano del 2012 en Londres. Lo más impactante que viví hasta el momento-hizo una pausa-El récord mundial de Usain Bolt.
-¡¿En vivo?!-pregunté asombrado.
-¡Si! Y mirá esto-me dijo mientras buscaba algo en su celular.
Me enseñó una foto de una niña muy rubia, pintada de arriba abajo con la bandera de Jamaica, sosteniendo un cartelito blanco, que decía “UBS-Bolt” firmado por alguien en tinta roja.
-¿Qué es y quién es?-pregunté.
-Luego de ganar, y caminar varias veces la pista de arriba abajo celebrando, Bolt vio a mi hija vestida con los colores de Jamaica, se le acercó y le dio un cartel y lo firmó. Fue un regalo un regalo de Bolt.

Asombrado otra vez, vi la foto. Me pareció difícil de creer. Cuando tuve más tiempo a los días, miré la transmisión repetida en Youtube, para confirmar si el cartel era igual al que llevaba Bolt en el pecho. No era igual. Pero la firma, si parece ser real.
Fillip y yo terminamos de hablar. Le dije que su historia, por más loco que me pareciera, estaba empatada talvez con 2 otras historias de ese día. Sonrío. Seguro pensó que era una broma, pero a veces no todo el mundo entiende cuando estás siendo serio y cuando no.
Terminé la noche caminando solo por Munich, viendo su iglesia barroca, con su altísimo campanario, las ideas brutales de Adidas para hacer mercadeo con su selección y durmiendo en el hotel más caro en el que alguna vez he dormido, lastimosamente, solo.

Al día siguiente me levanté y volví a llegar tarde. Esta vez, casi me deja el avión y no tuve con quien hacer un chiste, pero ya sentado y jadeando, me tranquilicé y pensé que talvez algún día, iba a poder escribir esto que hoy finalmente escribo. Historias de Rick, Max y Fillip, algún día, sin duda, historias de nadie.


